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Blog of Laura Freixas, Modern Languages resident writer in April 2018

Lunes 23 de abril/ Monday 23rd of April

Echaré de menos…

El sábado fui a la isla de May. Día espléndido: soleado, cálido, azul. Travesía desde Crail en un barquito, con otros turistas. Cuando nos acercábamos, vimos de lejos, desde el barco, un montón de rocas grises… qué raro, rocas que se mueven… con un movimiento deslizante, sinuoso, rapidísimo: eran focas. Luego, tres horas paseando por el islote. Ruinas de un monasterio medieval, un faro abandonado, un gran caserón siniestro, muy Hopper, y nada más. Hierba, cruzada por veloces conejos. Una playa de guijarros. Y grandes acantilados negros, llenos de pájaros blancos. Todo el rato, mientras paseaba, oía el grito en coro, ácido, rítmico, insistente, obsesivo, de las gaviotas… Era mi último día en Escocia. El domingo temprano, vendría a buscarme un taxi para llevarme al aeropuerto de Edimburgo.

Echaré de menos levantarme a las siete, en mi apartamento de South Street, y mirar por la ventana. Algunos días solo veo gris oscuro, nubes, lluvia furiosa sobre los tejados. Otras veces el cielo está grisáceo, algodonoso (me salen las palabras en inglés: blurred, hazy). Y hay maravillosos días de sol: en el cielo azul se recorta, gallarda, la torre gótica de Saint Salvator’s, a la izquierda, en frente a lo lejos veo un edificio neoclásico, sobre un promontorio, y a la derecha se extiende una franja de mar casi azul… Echaré de menos el paseo hasta el East Sands Leisure Center, la media hora de natación en su piscina, y la hora entera que paso luego, perezosamente, en Costa Coffee, de Market Street, tomando un capuccino y leyendo The Guardian.

Echaré de menos la biblioteca. El precioso poema de Douglas Dunn reproducido en el cristal de la entrada, que narra un recuerdo de juventud (If I only knew then / What I still don’t know). Las horas pasadas sin sentir, leyendo, escribiendo, con esa compañía anónima que tanta compañía me hace en las bibliotecas o en las ciudades. El grato runrún de fondo de los estudiantes. La sensación, tan valiosa y tan rara para mí, de no tener prisa, de tener horas enteras por delante para escribir, de tener tiempo.

Echaré de menos la oferta cultural, el saber que hay tantas cosas interesantes y que puedo ir a todas, tranquilamente, a pie: una película iraní, un coloquio sobre mayo del 68, un evensong en Saint Salvator’s, una conferencia sobre How not to make children o sobre los acontecimientos de Charlottesville o sobre las consecuencias que ha tenido para la historia de Rusia el hecho de que en su religión (la ortodoxa) no exista el Purgatorio…

Echaré de menos charlar, comer, cenar (en el maravilloso Forgan’s), pasear (por Saint Andrews, por Crail, por Anstruther, por Cellardyke…), con personas con las que inmediatamente estoy a gusto, porque tenemos los mismos intereses, las mismas referencias (eso que en inglés se dice con una palabra utilísima y difícil de traducir: background), la misma longitud de onda: Catherine O’Leary, Gustavo San Román, Will Fowler, Margaret Ann Hutton, Claudia Marqués-Martin, Montserrat Lunati, Jordi Larios, Eleni Kefala, Élise Huguény, Susan Sellars, Peter Baker… Echaré de menos hablar u oír hablar de la historia de México, de las escritoras españolas del bando franquista, de Uruguay, de la partición de Chipre, del aborto en Irlanda, de la complicidad y rivalidad entre Virginia Woolf y Vanessa Bell, de la influencia de Ortega sobre varias generaciones intelectuales españolas, de cómo funciona la censura en Irán, de las comunidades indígenas de Bolivia…

Echaré de menos ir a sentarme, como una alumna más, en una clase en la que la profesora explica a su alumnado un libro mío. Hasta pone un power point con citas, preguntas, temas de debate… ¡Cuánto aprendo!… Todo lo que dice me suena, pero no estoy segura de haber leído ese libro, que parece interesante sobre todo por lo que ella es capaz de sacar de él… Luego, las alumnas y alumno (en singular: solo había un chico) me hacen preguntas, que a veces, al igual que la interpretación de la profesora, me sorprenden, porque son distintas de las -mucho más previsibles- que me suelen hacer periodistas o críticas/os literarias/os.

Echaré de menos los encuentros las conversaciones con alumnas que vienen a verme para hablar de la tesis que están preparando o de sus proyectos de futuro. O simplemente una charla desordenada tomando café y viendo a través de los ventanales los míticos campos de golf de Saint Andrews, con lluvia y gaviotas.

Echaré de menos esa última tarde, un viernes, en la que celebramos un Sant Jordi casero, familiar y exótico, un Sant Jordi catalano-escocés que consistió en poner unos cuantos libros, para intercambiar o comprar, encima de un par de mesas, en el Byre Café, con banderas catalanas y rosas. Fue muy alegre, aunque yo estaba un poco triste porque ese pequeño mundo en el que había vivido tan intensa y agradablemente durante unas semanas estaba a punto de evaporarse para mí.

El domingo temprano, mientras recorría por última vez, en taxi, South Street desierta, oía las gaviotas. Los humanos duermen, bajan la guardia; ellas no, nunca. Graznan en coro, sobrevolando las calles vacías. Se sientan en los tejados, miran alrededor con aire impaciente e imperioso. Callan un momento; luego vuelven a lanzar su gritito ácido, sarcástico, unánime. Se arrojan temerarias desde el tejado; bajan como una flecha, de pronto suben, batiendo las alas. Planean en círculo, majestuosas; se dirigen, veloces, al mar; vuelven, ceñudas, ocupadísimas; se aposentan otra vez en el tejado, vigilantes… Nosotros pasamos, ellas quedan: Saint Andrews es suyo.

I Will Miss…

On Saturday I visited the Isle of May. Gorgeous day: sunny, warm, blue. A journey from Crail on a little boat with other visitors. As we were approaching the island, we could see, from afar, from the boat, a pile of grey rocks… how strange, moving rocks…rocks with a sliding, sinuous, extremely fast movement: they were seals. Then, three hours walking around the island. The ruins of a medieval monastery, an abandoned lighthouse, a sinister, big manor, very Hopper like, and that’s it. Rabbits crossing through the grass. A beach made of rough pebbles. And big black cliffs, full of white birds. For the whole time, as I was walking, I could hear the acid, rhythmic, persistent, obsessive collective cry of the seagulls… It was my last day in Scotland. Early morning on Sunday, a taxi would pick me up to take me to Edinburgh airport.

I will miss getting up at seven, in my apartment on South Street, and looking through the window. Some days I can only see dark, grey clouds, a furious downpour falling on the roofs. Other times the sky is greyish, cotton like (I can only think of the English words blurred, hazy*). And there are wonderful sunny days: on the blue sky, on the left-hand side, the Gothic tower of Saint Salvator’s is drawn, gallant, in front in the distance, I can see a Neoclassical building on top of a hill, and on the right-hand side a fringe of almost blue sea extends across the horizon… I will miss my walk to the East Sands Leisure Centre, the half an hour swim in its swimming pool, the whole hour that I then spend, lazily, at Costa Coffee in Market Street, having a Cappuccino and reading the Guardian.

I will miss the library. The beautiful poem by Douglas Dunn engraved on the glass at the entrance narrating a youthful memory (If I only knew then / What I still don’t know)*. The many hours that passed by without my realising, just reading, writing, with this anonymous company which keeps me such good company in libraries or cities. The pleasant background murmur of the students. The feeling, so valuable and rare to me, of not being in a hurry, of having many hours ahead to write, of having time.

I will miss the cultural offer; I will miss knowing that there are so many interesting events and that I can attend all of them, with no problem, on foot: an Iranian film, a talk on May 68, an evensong* in Saint Salvator’s, a conference on How not to make children* or on the Charlottesville events or on the consequences on Russia’s history of the lack of Purgatory in its (Orthodox) religion…

I will miss chatting, eating, having dinner (at the wonderful Forgan’s), walking (around St Andrews, around Crail, around Anstruther, around Cellardyke…), with people with whom I feel immediately comfortable, because we have the same interests, the same references (that which English has a very useful word for and it’s difficult to translate: background*), people who are on the same page as me: Catherine O’Leary, Gustavo San Román, Will Fowler, Margaret Ann Hutton, Claudia Marqués-Martin, Montserrat Lunati, Jordi Larios, Eleni Kefala, Élise Huguény, Susan Sellars, Peter Baker… I will miss talking or listening talking about Mexican history, about Francoist Spanish writers, about Uruguay, about Cyprus’ partition, about abortion in Ireland, about the complicity and rivalry between Virginia Woolf and Vanessa Bell, about Ortega’s influence on several generations of Spanish intellectuals, about how censorship works in Iran, about indigenous communities in Bolivia…

I will miss sitting, like another student, in a class where the lecturer teaches one of my books. She even put a PowerPoint with quotes, themes, discussion topics… How much I learn! Everything she says sounds familiar, but I am not sure to have read that book, a book which seems interesting mainly for what she is capable of getting out of it…Then, the female students in plural and male student (singular, there was only one guy), ask me questions which, sometimes, in the same way as with the lecturer’s interpretation, surprise me, because they are different from the -much more predictable- ones that are normally asked by journalists or literary critics.

I will miss meeting and chatting with students who came to see me to talk about the PhD they are writing on or about their future plans. Or simply an improvised chat having a coffee and watching the mythical golf course of St Andrews through the window, with rain and seagulls.

I will miss that last evening, a Friday, when we celebrated a homemade St Jordi, familiar and yet exotic, a Catalan-Scottish St Jordi that consisted of having a few books on display, to exchange or buy, on top of a few tables, with Catalan flags and roses. It was very cheerful, despite me being a bit sad because that small world where I had lived so intensely and comfortably during those weeks was about to vanish for me.

Early on Sunday, whilst I was passing through on the taxi a completely empty South Street for the last time, I could hear the seagulls. The humans are sleeping, putting down their guard; them, never. They squawk in chorus, flying over empty streets. They sit on the roofs, look around with an impatient and royal look. They stop crying for a moment; then they belt out their little cry again, harsh, sarcastic, in unison. They fearfully throw themselves down from the roofs, descending like an arrow, suddenly ascending, flapping their wings. Soaring in a circle, magnificently; they go, fast, towards the see; they come back, frowning, so very busy; they settle back again taking possession of the roof, guarding… We pass by, they stay: St Andrews is theirs.

* In English in the original.

Jueves 19 de abril/ Thursday 19th April

En Saint Andrews con Clara

La cosa fue así: yo comenté en twitter que iba a pasar un mes en la Universidad de Saint Andrews como escritora invitada, y alguien me contestó que en tal caso podría encontrarme con Clara Ponsatí. Ella, como saben, fue consejera de Educación de la Generalitat desde julio de 2017 hasta el 27 de octubre. Primero se fue a Bélgica con Puigdemont, pero en marzo se reincorporó a Saint Andrews, donde enseña economía.

Yo contesté, en twitter, que tendría mucho gusto en conocer a la señora Ponsatí. Siempre me había llamado la atención, por nuestras coincidencias biográficas: mujer, nacida en la misma ciudad y casi el mismo año que yo.  No me sorprendió del todo que al día siguiente ella me enviara un mail proponiendo tomarnos un café.

Fui a verla al edificio, con cierto aire sombrío y medieval, rodeado de gaviotas, que tiene todo Saint Andrews. Tomamos un café en una sala silenciosa con vistas al océano. Le regalé Adolescencia en Barcelona hacia 1970, mi autobiografía: la juventud que cuento debe parecerse bastante a la suya.

Naturalmente, hablamos de Catalunya. Y no estuvimos de acuerdo. Ella piensa que un referéndum es el súmmum de la democracia; yo pienso que no, porque si gana una de las opciones, es irreversible, y porque significa que media población aplaste a la otra media. Yo pienso que lo ocurrido fue una tentativa, afortunadamente fracasada, de golpe de Estado, aunque fuera sin pistolas; ella cree que solo se forzó un poco la ley, y que el fin lo justifica. Ella considera inaceptable que haya “presos políticos”; yo pienso que se debe aplicar la ley a quienes intentaron, ilegítima y antidemocráticamente, abolir el Estatut y la Constitución; luego ya discutiremos sobre prisión preventiva o posibles indultos.

A mí me encanta la polémica. Me divierte argumentar y contraargumentar, expresar desacuerdos… siempre que quien esté del otro lado sea alguien que personalmente no me importe. En esta situación, en cambio, me costó: Clara me caía bien. Callé mucho, por el mismo motivo por el que hace meses que evito a ciertas personas a las que aprecio. No quiero pelearme con ellas. Pero en el punto en el que estamos, cuando es evidente que nadie va a ganar por goleada, vamos a tener que hacer eso que emocionalmente es tan difícil: sentarnos a discutir no con nuestros enemigos, eso es fácil, sino con nuestras amigas.

 

In St Andrews with Clara

It went like this: I tweeted that I was going to spend a month at the University of St Andrews as a writer in residence and somebody replied that, in that case, I could meet with Clara Ponsatí. She, as you know, was Minister of Education in the Generalitat from July 2017 until 27th October. First she fled to Belgium with Puigdemont, but in March she returned to St Andrews where she teaches Economics.

I tweeted back that I would be delighted to meet Ms Ponsatí. She had always caught my attention due to our similar biographies: female, born in the same city and almost the same year as me. I was not totally surprised when the next day she e-mailed me suggesting we went for a coffee.

I met her in a building with a certain sombre and medieval feel, surrounded by the seagulls which the whole of St Andrews has. We had a coffee in a quiet room with a view to the sea. I gave her a copy of Adolescencia en Barcelona hacia 1970, my autobiography: the youth I recount must be very similar to hers.

Obviously, we talked about Catalonia. And we didn’t agree. She thinks a referendum is the most democratic way of expression; I think it isn’t, because if one of the options wins it is irreversible, and because it means that half of the population bulldozes over the other half. I think that what happened was a (fortunately unsuccessful) attempt at staging a coup, even if there were no guns involved; she thinks that the law was just bent a little and that it was justified by the final aim. She thinks it is unacceptable that there are “political prisoners”; I think the law must be applied to those who tried, in a non-legitimate and non-democratic way, abolish the Estatut[1] and the Constitution, Then we can talk about whether people get taken into custody or political reprieves.

I love controversy. I have fun arguing and counter arguing, expressing disagreement… as long as the person on the other side is somebody I don’t care about personally. In this case, however, I found it hard: I liked Clara. I kept many things for myself, for the same reason that for months I have been avoiding certain people I care about. I don’t want to have a fight with them. But at the point in which we find ourselves, when it is obvious that nobody is going to win outright, we are going to have to do what is emotionally so difficult: sit down and argue not with our enemies, that’s easy, but with our friends.[2]

 

[1] The equivalent of the Constitution for the Catalan region.

[2] T/N: The author explicitly asked to leave the general term friends as a translation of “amigas” because she uses the feminine as a general term and not to refer to specifically female friends.

Miércoles 11 de abril/Wednesday 11th April

Cosas de Gran Bretaña

Hoy he decidido hacer una lista de todas las cosas y actitudes que veo aquí y que caracterizan a este lugar como escocés o británico; que no se encuentran en España. Y me he quedado yo misma sorprendida de cuántas son. Aquí van algunas:

-La fascinación por el terror, por lo creepy. Cementerios, mazmorras y fantasmas forman parte de cualquier oferta turística que se precie.

-Los enchufes con tres clavijas (una es la toma de tierra, por seguridad)… y un interruptor, para más seguridad.

-La omnipresencia y enorme variedad de las tarjetas de felicitación, condolencia, etc, distribuidas por temas (fallecimiento de cónyuge, nacimiento de un/a niña/o, aniversario de bodas, enfermedad, obtención de un título, etc, etc, etc), que ocupan paredes enteras en las papelerías. (Responde a algo que observo también en el trato personal: es amabilísimo, pero muy codificado, muy estándar.)

-Que en todos los restaurantes, pubs, cafés, ofrezcan una soup of the day, sopa del día, y la sirvan acompañada de pan con mantequilla.

-Los nichos vacíos en las iglesias, donde hubo estatuas, pero las destruyeron los reformadores religiosos en el siglo XVI. (Yo no me había fijado, me lo ha hecho notar Catherine O’Leary.)

-Las lentejas de color naranja.

-La proliferación de indicaciones, avisos, prohibiciones, instrucciones, advertencias… Por todas partes veo carteles que te dicen cómo debes montar en bicicleta, qué hacer con las gaviotas, qué tipos de bañador son aceptables y cuáles no en la piscina pública, qué tipo de conversaciones deben mantener y cuáles no las/os vigilantes de dicha piscina, dónde hacer la cola, en qué orden hay que formular las preguntas en una heladería, y hasta cómo sentarse en el retrete “to avoid mess and injury” (otra vez la preocupación por la seguridad). (No es solo aquí. La primera vez que salí de España, para esquiar en Francia, ya me llamaron la atención los muchos carteles informándome de que tales o cuales acciones -que en España se hacían sin más-, caían en una de estas tres categorías: interdit, dangereux o payant, prohibido, peligroso o de pago.)

-Que la gente al conocerse se dé la mano en vez de un par de besos. (Por cierto, yo lo prefiero. Lo de los besos, cada vez más extendido en España, es una pesadez.)

-Las apuestas a las carreras de caballos.

-Una bebida llamada Irn Bru, que es de color naranja y sabe a medicamento.

-Comer a las 12 y cenar a las 6.

-La moqueta en todas partes, hasta en las cocinas y los cuartos de baño.

-Los dos grifos, uno de agua caliente (hirviente más bien), otro de agua fría (helada) en los lavabos. Esto es curiosísimo, de verdad. Cuando vine por primera vez a este país hace cuarenta años, pensaba que eran grifos viejos y que cuando reformaran el baño o construyeran una casa nueva, pondrían grifo mezclador, o como se llame. Pero ahora veo que no, que es una elección deliberada, que se da en hogares por lo demás modernos y de buena calidad, y además, el hecho de que en las cocinas sí tienen grifos mezcladores demuestran que lo de los grifos separados en los lavabos lo hacen expresamente. Lo que no sé es para qué. Misterio.

-Las tiendas que venden maravillosos jerséis, chales, mantas, bufandas… de lana, en distintas variedades (cachemira, tweed…).  Y las que alquilan kilts (falda escocesa).

-Los horarios de las bibliotecas: ¡de 8 de la mañana a 2 de la madrugada, todos los días! Cuando pienso que el habitual de las bibliotecas universitarias españolas es de 9 a 21h, de lunes a viernes… me da vergüenza.

-La educación y extrema amabilidad de todo el mundo. Me va a costar volverme a acostumbrar a la brusquedad española…

 

 

A  British thing

Today I decided to make a list of all the things and attitudes I noticed here which make this place Scottish or British and cannot be found in Spain. Even I am surprised at how many there are. Here are some of them:

-The fascination for terror, for what is creepy.* Cemeteries, dungeons and ghosts are part of every valued tourist tour in offer.

-Sockets with three pins (one is for the earth, for safety) and a switch, for greater safety.

– the omnipresence and huge variety of greeting cards, sympathy cards, etc. all organised by themes (loss of a partner, birth of a baby boy/girl, wedding anniversary, illness, graduation, etc, etc, etc )which take up the entire wall in paper shops. (This corresponds with something I have also observed in personal interactions: they are incredibly kind, but in a very codified, very standardised, way.)

– That all restaurants, pubs, cafes, offer a soup of the day*, served with bread and butter.

– The empty niches in churches where there used to be statues but they were destroyed by the religious reformists in the 16th Century. (I hadn’t noticed, it was Catherine O’Leary who pointed it out to me).

-Lentils are orange.

– The proliferation of advice, notices, restrictions, instructions, warnings… I see signs telling you how to ride a bike, how to handle the seagulls, what type of swimming clothing is acceptable and which isn’t in public swimming pools, what kind of conversations life-guards are and are not allowed to have, where to queue, how to order in an ice-cream parlour and even how to sit on the toilet “to avoid mess and injury”* (again the concern for safety) everywhere. (This doesn’t only happen here. The first time I left Spain to go skiing in France, the many signs warning you about such and such behaviour, things you would do without even thinking twice about in Spain, caught my attention. There were three categories: interdit, dangereux or payant, forbidden, dangerous or by payment only.)

– The fact that when people meet they shake hands rather than kissing each other. (I prefer that by the way. This kissing thing, more and more common in Spain, is a pain).

– Betting on horse racing.

– A drink called Irn Bru which is orange and tastes of medicine.

– Lunch is at 12 and dinner at 6.

– Carpet everywhere, even in the kitchen and bathroom.

-Two taps, one for hot water (boiling actually), another one for cold water in bathroom sinks. This is truly curious, honestly. When I first came to this country forty years ago I thought it was because they were very old and that when they eventually reformed the bathroom or built a new house, they would change it for a mixer or whatever it’s called. But now I can see that this is not the case, it is a deliberate choice and that you find them in the most modern and high quality homes and, also the fact that kitchens do indeed have mixers shows that this thing about having two separate taps in bathrooms is done on purpose. What I don’t know is what it is for. It’s a mystery.

– Shops which sell the most amazing woollen jumpers, shawls, blankets, scarves… in different types (cashmere, tweed*…) And shops where you can rent kilts.*

– The library opening hours: from 8am to 2 am! Every day! When I think that the average timetable in the libraries of Spanish universities is from 9am to 9pm, Monday to Friday… I feel ashamed.

– How polite and extremely kind everybody is. I am going to struggle to adapt to the abrupt manners of Spaniards again…

*In English in the original.

Lunes 9 de abril/Monday 9th April

Grandes hombres escoceses

Durante esta semana en Escocia, hemos visitado cuatro destinos turísticos que ahora me doy cuenta de que tienen algo en común: todos presentan un relato centrado en la figura del “gran hombre”. Voy a ir por orden cronológico.

Primero: John Knox (1514-1572), el reformador religioso. En Edimburgo visitamos su casa, del siglo XVI, creo recordar que leí que era la más antigua de la ciudad y que no la habían demolido precisamente por ser el lugar donde vivió sus últimos años. Es una casita estrecha y empinada, de piedra negruzca por fuera y por dentro oscura, con habitacioncitas de grandes vigas y suelo de madera.

Segundo: Robert Burns (1759-1796), el poeta. Era hijo de una familia campesina, escribía tanto en inglés como en lengua escocesa y expresó los ideales nacionalistas y progresistas que estaban entonces en auge. Por mi guía he sabido que uno de sus poemas, Auld Lang Syne, es como un santo y seña del pueblo escocés; se canta, por lo visto, en todas las despedidas, en el fin de año, y en unas cenas que se hacen anualmente en enero, conmemorando el nacimiento de Burns. Su casa natal, en Ayr –una aldea de la costa-, tiene mucho carácter: es un cottage con el techo de paja, consistente en cuatro habitaciones, dos para las vacas y dos para las personas, en las cuales se amontonaban por lo menos siete (los padres, cuatro hijos –aunque en otro lado he leído que eran más- y por lo menos una criada, lo sé porque Robert la dejó embarazada, según he leído). Con ojos de hoy nos parecen muy pobres, pero no lo debían ser tanto, puesto que sabían leer y el padre estaba suscrito a alguna revista literaria (que en esa época no era lo que es hoy: un suplemento, un lujo…, sino la forma de acceso a la actualidad y al pensamiento, una mezcla de lo que sería hoy la prensa, la radio, la TV, las redes sociales y una biblioteca).

Tercero: Robert Owen (1771-1858), el socialista utópico. Visitamos New Lanark, que fue su gran obra. El pueblo, consistente en una gran fábrica textil, junto al río (para aprovechar la energía hidráulica), y viviendas para los obreros, lo había fundado su suegro, que era industrial, pero Owen lo tomó a su cargo y lo convirtió en una comunidad modélica, con educación gratuita, y en la que las niñas y niños solo podían trabajar a partir de los 10 años, y no más de diez horas y media al día, seis días por semana, lo que por lo visto entonces era un gran avance (¡). Es un conjunto de edificios de piedra gris, sólidos, hoscos, con una extraña belleza sobria, altiva; hoy ya no vive nadie allí, sino que algunos edificios se visitan (también la casa de Owen), y otro se ha convertido en hotel spa. Recuerdo haber visitado un pueblo muy parecido y de la misma época, Saltaire, cuando vivía en Bradford, y en internet veo que por “British model villages” salen muchos así. Es curioso porque no hay, que yo sepa, nada parecido en España.

Por último: Charles Rennie Mackintosh (1868-1928), el arquitecto. En Glasgow visitamos la reconstrucción de la que fue su casa, ahora dentro del museo Hunterian, y la exposición en el museo Kelvingrove que conmemora los 150 años de su nacimiento; después, de camino a Glencoe, nos paramos en Helenburgh, un pueblo junto al lago Lomond, para visitar The Hill House, una casa que él construyó y decoró. A mí me ha encantado todo lo que hemos visto de él: en radical contraste con el típico interior victoriano oscuro, atiborrado de cosas, asfixiante, este hombre, en los primeros años del siglo XX, concebía unos espacios blancos, casi vacíos, elegantísimos, y diseñaba unos muebles también blancos, con un estampado con motivos florales estilizados, y unas lámparas geométricas preciosas. Todo esto lo hacía con su mujer, Margaret Macdonald, pero de ella se habla mucho menos.

Bien, las cuatro historias son interesantísimas, y las visitas valen mucho la pena (para mí sobre todo New Lanark y las casas de Mackintosh). Pero me surge una duda: ¿es inevitable que entendamos la historia –al menos a nivel popular, masivo- como una sucesión de grandes hombres? ¿Que sea ese el paradigma, el referente principal? Entiendo que es una fórmula atractiva, muy fácil, que entiende cualquiera, pero… me parece falsa. Porque pone el acento en lo que el individuo aporta, y deja en la oscuridad a todos los demás, porque convierte lo que fue un movimiento colectivo en la hazaña de uno solo.

Estos días, con motivo del aniversario del asesinato de Martin Luther King, he leído artículos que decían algo así en la prensa de aquí; hablaban de un Luther King “sanitized”, aseptizado y asimilado, metido en el molde del “gran hombre”, que finalmente es inofensivo porque corrobora el modelo patriarcal y capitalista, meritocrático, y presenta la emancipación o la creación artística no como algo que se consigue colectivamente, sino como la inspiración genial y el generoso regalo del gran artista o del reformador, un individuo que ha recibido una especie de visita del Espíritu Santo que no se sabe a qué se debe: algo caprichoso, misterioso, y de lo que sobre todo no hay que preguntar por qué recae casi siempre sobre varones blancos… Tengo que encontrar alguna bibliografía sobre todo esto.

 

Great Scottish Men

Throughout this week in Scotland, we have visited four tourist destinations which I now realize have something in common: they all present a narrative focused on the figure of the “great man.” I will take them in chronological order. First, John Knox (1514-1572), the religious reformer. In Edinburgh we visited his house, from the sixteenth century, I seem to remember that it was the oldest in the city, and that it had not been demolished precisely because it was the place where he’d lived during his last years. It’s a narrow and steep, stone-built little house, which has a blackish colour outside and is dark on the inside, with little rooms that have big ceiling beams and wooden floors.

Second, Robert Burns (1759-1796), the poet. He was the son of a family of peasants, he wrote in both English and Scots and he expressed the nationalist and progressive ideals that were then in their apogee. In my guidebook, I have learnt that one of his poems, Auld Lang Syne, is like a countersign of the Scottish people; it’s sung at all leaving-dos, New Year’s Eve, and in the suppers that are celebrated every year in January celebrating Burn’s birth. The house where he was born, in Ayre, a small village on the coast, has a lot of character: it’s a cottage* that has a thatched roof with four rooms, two for the cows and two for the people, where at least seven of them were crowded in (the parents, four children – although somewhere else I read there were more – and at least one maid, I know this because apparently Robert left her pregnant, from what I read). From today’s perspective we would regard them as very poor, but they couldn’t have been so poor, since they knew how to read, and the dad had a subscription for a literary magazine (which, at that time, isn’t what it is today: an extra, a luxury… but the way of having access to current affairs and thought, a mix of what today would be the press, radio, TV, social media and a library).

Third: Robert Owen (1771-1858), the utopian socialist. We visited New Lanark (which was his great achievement). The village, made up of a textile factory, next to the river (in order to take advantage of the river stream), and housing for the workers, had been founded by his father-in-law, who was a businessman. But Owen took charge and turned it into an ideal community, with free education, and where boys and girls could only work from the age of ten, and no more than ten and a half hours a day, six days a week, something that apparently then was a great advancement (!). It’s a bunch of grey-brick buildings, solid, dreary, with a strange sober, solemn beauty; there’s nobody living there, just some buildings which are open to visitors (as well as Owen’s house) and everything has been turned into a spa*. I remember having visited a very similar village built in the same time period, Saltaire, when I was living in Bradford, and if I look for “British model villages”* on the internet I get many similar results. It’s funny, because in Spain there isn’t, as far as I know, anything like that.

Last one: Charles Renni Mackintosh (1868-1928)​, the architect. In Glasgow we visited the reconstruction of what was his house (now inside the Hunterian museum) and an exhibition at the Kelvingrove Museum, which commemorates the hundred and fifty years since his birth; afterwards, on our way to Glencoe, we stopped at Helenburgh, a village next to Loch Lomond, to visit the Hill House, a house which he built and decorated. I loved everything we saw about him: in stark contrast to the typical dark, Victorian interior, crammed with things, asphyxiating, this man, at the beginnings of the twentieth century, conceived of blank spaces, almost empty, very elegant, and designed furniture, also blank, with elongated floral motif patterns, and gorgeous geometrical lights. He did all of this with his wife, Margaret MacDonald, but she is much less well-known.

Well, the four stories are very interesting, and the visit is definitely worth it (especially New Lanark and the Mackintosh houses in my view). But there’s something I’m not sure about: is it inevitable that we understand history – at least on a general level, from the people’s perspective – as a succession of great men? That this always has to be the paradigm, the main point of reference? I understand it is an appealing formula, a very easy one, which anybody can understand, but… it seems to me to be false. Because it stresses the individual’s contribution and leaves everything else in the dark, because it transforms what was a collective movement into the achievement of only one person.

These past days, as a result of the anniversary of Martin Luther King’s assassination, I have read articles saying something along these lines in the press here: they talked about a “sanitized”* Luther King, a septicised and assimilated, shaped into the mould of the “great man”, who eventually becomes harmless because it corroborates the patriarchal, capitalist and meritocratic model, and presents emancipation and artistic creation, not as something which can be collectively achieved, but as the outcome of the inspiration of a genius and the generous gift of the great artist or of the reformer, an individual who has received a kind of visit from the Holy Spirit without understanding why: something capricious, mysterious, and above all something about which nobody needs to question why these roles always fall into the hands of white men… I need to find some books on this.

* In English in the original.

Jueves 5 de abril / Thursday 5th April

Película iraní

Qué vida cultural tan activa, para una ciudad tan pequeña… Es gracias a la Universidad, que todos los días organiza conferencias, películas… Ayer vi una iraní: As Simple as That (Reza Mirkarimi, 2008), en un ciclo de “Middle Eastern Film Screenings”. Éramos una docena de personas en un aula, con una profesora iraní, Maryam Ghorbankarimi. Todo un lujo no solo que te pongan una película tan cara de ver (no recuerdo que la hayan puesto en Madrid), sino que tengas a alguien para explicarte todo lo que no entiendes, por ejemplo: ¿a dónde llama una y otra vez la protagonista? La película muestra un día en la vida de un ama de casa, que tiene una hija y un hijo de 8 o 10 años, y un marido que solo aparece al final, por la noche. Progresivamente entendemos que ella está dudando de si marcharse, dejarlos. Y llama a no sabemos dónde para “consultar el libro”: resulta (si he entendido bien) que tienen la costumbre, ante las decisiones difíciles, de abrir el Corán al azar e interpretan lo que está escrito en esa página como una profecía de lo que ocurrirá si toman la decisión que les suscita dudas. Creo recordar que los puritanos de Nueva Inglaterra en el siglo XVII hacían lo mismo con la Biblia; qué conmovedora es la ingenuidad de esas supersticiones… Y que se venden Coranes en que cada página tiene escrito arriba: “BUENO” o “MALO”. Y que hay una especie de servicio religioso al que llamas y haces la consulta, alguien abre el Corán por ti…

Lo que me sorprendió fue cómo me identifiqué con la protagonista. Cualquiera diría que no tengo nada que ver con una señora musulmana y con chador (excelente la actriz, por cierto) que vive en Teherán y solo habla con sus vecinas, por ejemplo una que parece recién llegada del campo y apenas se atreve a coger el ascensor. Y sin embargo… Cómo reconocía la intensidad de la vida de ama de casa y madre que yo también he llevado, aunque fuera a tiempo parcial… Esa mezcla de emoción, de felicidad en las relaciones personales: el amor a la hija y al hijo, la complicidad y sororidad con las vecinas; y al mismo tiempo, la exasperación, la sensación de encierro, de que la sociedad no se entera de lo que haces, ni lo agradece, ni le importa, ni lo ve; el maltrato a los hijos, que entiendes que es injusto –le echa una bronca a la niña porque le ha pedido que fría unas berenjenas y se le han quemado-, y que te avergüenza, pero que no consigues evitar (¿con quién vas a pagar tu furia, si no, tu rabia ante el encierro, ante la injusticia, ante esa trampa en la que no entiendes cómo has caído?). La dependencia del marido, la impotencia: llama una y otra vez a la oficina del marido y la secretaria se la saca de encima groseramente; va a sacar dinero del cajero y el cajero se le traga la tarjeta y no sabe qué hacer (luego se enterará de que el marido ha cambiado el número de cuenta, sin avisarla)… Y el marido, ay, cómo me recordaba al mío: llega tardísimo -ella le ha comprado un regalo, porque es su aniversario de bodas, y se ha maquillado y perfumado para esperarle, pero casi se ha quedado ya dormida-, la besa distraídamente, hace un comentario sobre el olor –ella, halagada, cree que ha notado su perfume, pero no, es que huele a quemado por las dichosas berenjenas-, y se pone a hablar, excitadísimo, de su trabajo, de su promoción profesional, sin tener la menor idea de cómo están sus hijos y su mujer, más allá de algún cumplido mecánico… Y ella, ¿cómo le va a contar su día, sin que parezca insignificante?… Siempre vuelvo a lo mismo: nos faltan las palabras para decirlo (Les mots pour le dire, como en el título de esa preciosa novela, o autoficción o lo que fuera, de Marie Cardinal), nos falta una tradición de poesía, de novela, de autobiografía, por no hablar de una filosofía, una economía… que dé envergadura, espesor, a esas vivencias, que refleje su complejidad y su importancia.

 

 

Iranian film

What a vibrant cultural life for such a small town… thanks to the university organising conferences, films, etc., every day. Yesterday I saw an Iranian film: As Simple as That* (Reza Mirkarimi, 2008) as part of the “Middle Eastern Film Screenings”* film series. We were a dozen of people in a classroom with an Iranian lecturer, Maryam Ghorbankarimi. A real treat. Not only the screening of such a difficult film to find (I don’t remember it being shown in Madrid) but also that you have somebody to clarify anything you don’t understand, such as asking, for example, “who does  the protagonist call”, again and again? The film shows a day in the life of a housewife who has a daughter and a son aged 8 or 10 and a husband whom we only see at the very end and at night. Little by little we understand that she is deciding whether or not to abandon them. And she makes a call we don’t know where to “consult the book”. It seems (if I understood correctly) that they have the tradition, when facing difficult decisions, of opening the Coran randomly and interpreting what is written on that page as a prophecy of what will happen if they make that decision they are unsure about. I seem to remember that, in the 18th century, the puritans of New England did the same with the Bible; how touching the naivety of such superstitions is… They even sell versions of the Quran where each page has written on it “GOOD” or “BAD”. And there is even a kind of religious service where you can call and consult somebody, and someone opens the Quran on your behalf…

What surprised me was the fact that I felt identified with the protagonist. Everyone would think that I have nothing in common with a Muslim woman wearing a headscarf (the actress was excellent by the way) who lives in Teheran and only interacts with her neighbours. For example, one of them who looks like she has just arrived from a rural area and is hesitant about using the lift. And yet… How much I recognised the intensity of the life of a housewife and mother which I also had myself, even if it was on a part-time basis… That mix of excitement and happiness in personal relations: the love one has for a daughter and a son, the complicity and sense or sorority with one’s (female) neighbours; and at the same time, the exasperation, the feeling of entrapment, of a society not being aware of what you do (and not being grateful for it either); the mistreatment of your children, which you understand is unfair- she scolds the girl for burning some aubergines she had asked her to prepare, and that you feel ashamed, but can’t help it (who else can you project your anger against otherwise? Your rage at being trapped, at the injustice, at that trap that you yourself don’t understand how you have fallen upon?).

To depend on your husband, the impotence: she keeps calling again and again the husband’s office and the secretary rudely gets rid of her; she goes to the cash machine to get some cash out and the card gets swollen by it and she doesn’t know what to do (afterwards she learns that the husband had changed the account number without telling her)… And the husband. Oh, how he reminded me of my own: he arrives really late, she has bought him a present for their wedding anniversary and has put perfume and make up on to wait for him but is almost asleep, he kisses her without paying much attention, makes a comment about her smell, she feels flattered thinking he has noticed the perfume but no, he can smell the damned burnt aubergines, and starts talking, very excited, about work, about his promotion, without having a clue about how his children or his wife are except as some kind of mechanical duty… And her… How is she going to tell him about her day without it looking insignificant?… I always go back to the same thing: we are missing the words to express it (Les mots pour le dire, like the title of that beautiful novel, or self-fiction or whatever it was, by Marie Cardinal), we are missing a tradition on poetry, on novels, on autobiography, not to mention a philosophy, an economy… to provide those life experiences with significance and weight, showing its complexity and its importance.

Miércoles, 4 de abril/ Wednesday 4th April

Escribir la maternidad

Anoche terminé A Life’s Work, de Rachel Cusk (no hay traducción española), y justo antes me había leído El nudo materno (The maternal knot) de Jane Lazarre. Colecciono los libros sobre la maternidad (y aledaños: embarazo, aborto, crianza…) escritos por madres, en primera persona. Y encuentro poquísimos. Curiosamente los mejores que he leído, creo, son de autoras de lengua inglesa, como Of woman born (Nacemos de mujer) de Adrienne Rich o esa magnífica antología que recomiendo siempre, Mother reader (Maternidad y creación), coordinada por Moyra Davey.

Jane Lazarre es una intelectual judía neoyorquina, de familia rusa (creo recordar) y de izquierdas, casada con un afroamericano, estudiantes los dos en no sé qué prestigiosa Universidad de la costa Este. Su libro es de 1976, aunque lo que relata es de un poco antes (de cuando es madre por primera vez, a finales de los 60), y es muy de esa época: la de la explosión feminista, los “grupos de concienciación” (consciousness-raising), la nueva generación de mujeres “liberadas”, que estudian y que se acuestan con quien quieren, pero que a la hora de la verdad se dedican a apoyar la carrera de sus maridos (hay hasta una “Asociación de Esposas de Estudiantes”, dios mío), y en el trasfondo, la guerra de Vietnam, los hippies, la lucha por los derechos civiles, las comunas… Me ha recordado mucho algunas novelas y relatos de Doris Lessing, y también esa gran novela generacional de Marilyn French, The women’s room (creo que se tradujo como Mujeres).

El de Lazarre es un libro lleno de energía, alegre, deslavazado, impulsivo, de una gran franqueza, cálido. Cuenta su embarazo, su parto, la crianza de su hijo, los dilemas de ser a la vez madre y profesional (o estudiante, en su caso), sobre todo cuando, como era entonces lo habitual al parecer, no hay guarderías, y ser madre de un niño de menos de cinco años era obligatoriamente un empleo a tiempo completo, o poco menos, salvo que tuvieras muchísimo dinero para contratar niñeras a domicilio. Me he identificado mucho con su dilema: tiene tres cosas entre manos, la maternidad, la vida profesional y el proyecto de escribir, y tiene que elegir, porque la vida solo le da para dos; es exactamente lo que me pasaba a mí, como se ve en mi diario de mediados de los 90 (Una vida subterránea). Y también me ha gustado mucho otra cosa, y es el desconcierto que le produce el contraste entre la “magnitud”, dice ella, la enormidad, diría yo, del acto de creación de un ser humano -esa cosa increíble que es que un ser humano se forme en tu cuerpo y salga de tu cuerpo y la relación extraordinaria que estableces con él o ella-, y el modo como eso se trata socialmente: como un “proceso mecánico, instintivo, biológico”, y la infantilización de las madres, y su dependencia económica…

El de Rachel Cusk se parece y es muy distinto a la vez. Es distinto porque no se percibe en él ese sentimiento tan presente en el de Lazarre de comunidad, de que hay otras personas con las que compartir (y no me refiero a algo material, sino a las emociones, la solidaridad, la amistad, la conversación, el intercambio intelectual) lo que se está viviendo. Lazarre habla de su familia, de su marido, de la familia de su marido, de sus amigas, del grupo feminista, de las otras madres con las que crea una guardería… Cusk es mucho más solitaria, no habla más que de ella y su hija, con muy discretas menciones de su marido o su suegra, y en cuanto al tono, es mucho más reservada y fría que Lazarre. Tiene un estilo que me parece británico, lo encuentro por ejemplo en las (más que en los) columnistas de The Guardian: un punto de vista personal, subjetivo, con frecuente uso de la primera persona, pero a la vez distante, más inteligente que emotivo, y con ironía, incluso sarcasmo, aunque leve, fino; el libro a ratos es muy divertido, como cuando dice que acostarte por la noche cuando tienes un bebé de meses es como irte a la cama e intentar dormir sabiendo que la puerta de entrada de la casa está abierta de par en par, tienes algo en el fuego, y hay un despertador que va a sonar todas las horas y a cada vez vas a tener que encontrar una manera distinta de apagarlo. Pero en el fondo su libro dice lo mismo –en otro país y treinta y cinco años después- que el de Lazarre: la maternidad está marginada de la sociedad y excluida de la cultura.

La presunta incompatibilidad entre la procreación (vista como algo “natural”, instintivo, inmediato, y única forma de creación aceptable y legítima para las mujeres) y la creación de obras del espíritu (algo que se considera que pertenece solo a los hombres, de ahí la vieja idea de que una mujer intelectual o artista no es una mujer de verdad), no es solo una más de las dicotomías en las que se funda el patriarcado, sino que yo diría que es la dicotomía fundamental, por supuesto tan falsa, arbitraria y tramposa como todas las demás. Por suerte hay mujeres –aunque todavía sean pocas- que la desafían, escribiendo y reflexionando sobre su maternidad.

Writing Motherhood

Last night, I finished reading A Life’s Work*, by Rachel Cusk (is has not been translated into Spanish). Just before that, I had read The Maternal Knot by Jane Lazarre. I am a collector of books about motherhood (and related topics: pregnancy, abortion, child rearing…), written by mothers, in the first person. And I find very few. Funnily enough, the best ones I’ve read are, I think, by English-writers, such Of Woman Born by Adrienne Rich or that magnificent anthology which I always recommend, Mother Reader, edited by Moyra Davey.

Jane Lazarre is a Jewish intellectual from New York, of Russian origins (I seem to remember), left wing, married to an African-American, both students of some prestigious East Coast university. Her book was written in 1976 but she writes about events which took place a bit earlier (around the 60s, when she became a mother for the first time), and it is typical of that time: the feminist explosion, the consciousness-raising*groups, the new generation of “liberated” women, those who study and have sex with whomever they want, but whose role, at the end of the day, is that of supporting their husband’s career (there is even an “Association of students’ wives,” my god), and in the background, the Vietnam War, the hippies, the fight for Civil Rights, the communes… It reminded me a lot of Doris Lessing’s novels and short stories and also of that great generational novel by Marilyn French The women’s room (I think it was translated as Mujeres[1] in Spanish).

Lazarres’s book is one full of energy, happy, raw, impulsive, of great honesty, warm. It tells us about her pregnancy, her experience of giving birth, the upbringing of her child, the dilemmas of being at the same time a mother and a professional (or in her case, as student), especially when, as it was apparently common then, nurseries didn’t exist and being a mother of a toddler was necessarily a full-time job, or just about, unless you had heaps of money to employ a nanny.

I felt very much identified with her dilemma: she has three things on her plate, motherhood, a professional life and the project of writing, and she has to choose because she can’t do both in one lifetime; that is exactly how I felt, as can be seen in my diary from the 90s (Una vida subterránea).[2] And there was something else I really liked: the confusion she feels provoked by the “magnitude”, she calls it, the massiveness I would say, of the act of creating of a human being – that incredible thing that is a human being being formed and coming out of your body, and the extraordinary relationship you establish with him or her- and the way in which that is managed by society: as a “mechanical, instinctive, biological process”, and the infantilisation of mothers, and their financial dependency…

Rachel Cusk’s is similar and very different at the same time. It’s different because it doesn’t show that feeling, so present in Lazarre’s, of community, of the fact that there are other people with whom to share what she is experiencing (and I am not referring to material things, but to emotions, solidarity, friendship, conversation, intellectual exchange) . Lazarre talks about her family, her husband, her husband’s family, her friends, the feminist group, other mothers with whom she funds a nursery…

Cusk is much more solitary. She only talks about her and her daughter, and barely mentions her husband or mother-in-law. And in terms of the tone, she is much more reserved and cold than Lazarre. She has what feels to me like a very British style, a style which I find, for instance, in (female more than male) columnists of The Guardian: a personal and subjective point of view, with a frequent use of the first person but at the same time distant, more intelligent than emotional, and with irony, even sarcasm, although a subtle one; the book is at times very funny, like when she says that going to bed at night when you have a new born is like going to bed and trying to sleep knowing that the house’s main door is wide open, you left something in the oven, and there is an alarm clock which is going to go off at all times and each time you have to find a different way to switch it off. But in the end, her book says the same – in a different country and thirty-five years later – as Lazarre’s: motherhood is marginalised in society and excluded from culture.

The assumed incompatibility between procreation (seen as something “natural”, instinctive, immediate, and only acceptable and legitimate way of creation for women) and the creation of works of the soul (something considered to belong only to men, the origin of the old belief that an intellectual woman or a female artist is not a true woman), is not only another dichotomy where patriarchy is founded, but I would say that is the fundamental dichotomy, of course as false, arbitrary one and tricking as all the others. Luckily there are women, although still very few, who challenge it by writing and reflecting on their own maternity.

* In English in the original.

[1] T/N: Spanish word for “women”.

[2] T/N: There is no published English translation of this work.

Martes 3 de abril/Tuesday 3rd April

Conferencia inaugural: “Cómo me hice escritora”

Hoy he dado la conferencia con la que me presentaba, por así decir, en la Universidad: How I became a writer, thanks to my mother, Franco and Simone de Beauvoir (Cómo me hice escritora, gracias a mi madre, Franco y Simone de Beauvoir), un resumen en tres cuartos de hora y acompañado de imágenes de mi autobiografía Adolescencia en Barcelona hacia 1970. Ha sido en un local que tienen para conferencias, obras de teatro, etc, que se llama Byre Theatre y está (como todo) a dos minutos de mi casa, y en presencia de un buen número de estudiantes y profesorado. Entre ellos, una vieja amiga mía portuguesa, Nélia Dias, a la que hacía más de 30 años que no veía (nos conocimos en París, era amiga de Ana María, mi gran amiga portuguesa que vivía entonces allí) y que casualmente está pasando una temporada aquí como profesora de antropología.

Cómo me hice escritora… es una historia medio personal, medio colectiva; hablo de mí misma y de mi familia, contando cosas que no son generalizables (que mi madre era –y es- una lectora compulsiva, que mi padre hacía vuelo a vela, que en casa teníamos un par de estatuillas que representaban almas en el Purgatorio…), pero también otras compartidas. Mis abuelos paternos eran típicos representantes de la burguesía catalana: mi abuelo era empresario textil, él y mi abuela miembros (o simpatizantes, no estoy segura) de la Lliga, pero cuando al comienzo de la guerra, en 1936, vieron a los anarquistas dando “paseos” (fusilando por las buenas) a los ricos, cuando los obreros del taller textil de mi abuelo se lo expropiaron… mis abuelos se pasaron con armas y bagajes a Franco. Como el grueso de la burguesía catalana y que hasta entonces era catalanista. A mí me parece comprensible, dadas las circunstancias, y me irrita mucho el relato que hacen ahora sus nietos nacionalistas, cuando presentan al “pueblo catalán” en bloque como oprimido por el franquismo y nos quieren hacer creer que la burguesía catalana fue antifranquista. En fin. Mis abuelos maternos también son bastante representativos, en su caso de “los otros catalanes” como los definió Candel: emigraron de Ávila a Barcelona y mi abuelo se hizo anarquista. Al llegar a esta parte del relato doy un golpe de efecto contando eso que decía mi tío, respondiendo a la pregunta: “¿Cómo puede ser que tu padre, un hombre tan conservador tradicionalista, autoritario, se hiciera anarquista?”: “Se hizo anarquista para follar gratis”. Claudia Marqués-Martin, del departamento de español de aquí que, junto con Catherine O’Leary, me hace de cicerone, me ayudó con la traducción; parece que la palabra coloquial inglesa que ahora se usa para “follar” es “shag”, yo no lo sabía. Por cierto, tuve la duda de si el público más joven entendía por qué había que hacerse anarquista para follar gratis, de modo que expliqué que en esa época para tener sexo un hombre debía casarse o pagar prostitutas, salvo si frecuentaba a esas mujeres emancipadas que eran las anarquistas… Ay, mi abuelo, qué personaje… Toda esa introducción es para explicar cómo habíamos llegado al franquismo, y lo que para mí simbolizan esas estatuillas de almas del Purgatorio: mis abuelos y mis padres habían escapado al infierno que fue la guerra civil, pero no habían alcanzado el paraíso de sus respectivos ideales políticos.

Luego explico cómo nos aburríamos mi hermano, mi madre y yo sentados todo el santo domingo en una manta en el campo de aviación mientras mi padre lo pasaba en grande volando, y qué perspectiva me daba a mí esa situación sobre lo que ahora se llama los roles de género. Yo veía que lo que me esperaba como mujer en la sociedad española bajo Franco era un aburrimiento infinito, y veía la solución que había encontrado mi madre: leer; era la única puerta que podía abrir hacia un mundo más interesante, aunque fuera solo en la fantasía. Pero yo no quería solo absorber pasivamente la literatura, yo quería hacer algo más activo, y que me diera libertad, vida profesional, prestigio, autoridad pública… Escribir, claro. Para eso necesitaba modelos (en inglés es más exacto: role-models), que me mostraran en qué consiste ser escritor. El más famoso entonces era Cela, al que mi padre siempre me ponía como ejemplo. ¿Ejemplo, para una chica, un escritor que estaba siempre diciendo “coño” para escandalizar, y hablando de putas y burdeles (lo que obviamente rebaja a todas las mujeres: ridiculiza nuestra pretensión de ser iguales, interlocutoras, colegas de los hombres, nos “pone en nuestro sitio”)?…Yo necesitaba ejemplos de escritora, no de escritor. Y ahí estaban Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute… salvo que todas ellas, tras empezar pisando fuerte en su debú, habían desaparecido del mapa (solo mucho más tarde me di cuenta de que esa es una trayectoria biográfica muy común en las mujeres), se habían vuelto católicas, alcohólicas, madres de familia numerosa…

Por suerte, gracias a las lecturas de mi madre, que yo compartía, supe de la existencia de las escritoras francesas: Colette, Duras, Sarraute… y sobre todo, Beauvoir, de la que mi madre era una lectora fanática; conocía al dedillo sus memorias, en particular… Escritoras con público, con trayectoria larga y continuada, con prestigio (aunque no las admitieran en la Academia). Y que además se divertían, viajaban, tenían amantes, recorrían Francia en bicicleta, participaban en polémicas… Ahora sí que sabía yo a quién imitar, a quién tomar como ejemplo, como ideal.

Eso fue lo que conté. Nunca sé muy bien, en casos así, qué terreno piso, qué sabe y qué no sabe el público al que me dirijo (qué sabe de la guerra, por ejemplo), pero creo que me siguieron bien, que les interesó y que se divirtieron. El coloquio fue animado, aunque hace tiempo que comprobé que durante las conferencias y coloquios estoy tan tensa, aunque lo disimule, tan pendiente de hacerlo bien, y más cuando hablo en inglés, que luego no recuerdo nada.

Luego fui a cenar con Catherine, Claudia y Will (el director de la escuela de Modern Languages, inglés de madre catalana) a un sitio encantador, con una arquitectura muy curiosa (tiene unos cubículos como los establos, creo que eso era antes de ser restaurante), donde se come maravillosamente y que está, también, como todo, a dos minutos de mi casa. Volví a casa con la satisfacción del deber cumplido. And so, to bed.

 

Opening Lecture: How I Became a Writer

Today, I gave my, let’s say, introductory lecture, at the university: How I became a writer, thanks to my mother, Franco and Simone de Beauvoir*, a 45 minute summary with images from my autobiography Adolescencia en Barcelona hacia 1970 (Adolescence in Barcelona around 1970).

It took place in a venue they have for conferences, plays, etc., called the Byre Theatre which is (like everything here) two minutes from my place, and was attended by a good number of students and staff. Amongst them my old Portuguese friend, Nélia Dias, whom I hadn’t seen in more than 30 years (we met in Paris, she was a friend of my close Portuguese friend, Ana María, who was then living there) and who, funnily enough, is also spending some time here as an anthropology professor.

How I became a writer… is a semi-personal, semi-collective story; I talk about myself and about my family, disclosing things which are specific to my own experience (that my mum was, and still is, a compulsive reader, that my dad enjoyed gliding, that at home we had a couple of little figurines representing souls at purgatory…), but also some others which are shared. My paternal grandparents were typical representatives of the Catalan bourgeoisie: my granddad was a textile factory owner, he and my grandma were members (or sympathisers, I’m not sure) of the Lliga[1] but when, at the beginning of the war in 1936 they saw the Anarchists giving the rich the so called “paseo” (that is, shooting them at will); when the workers of my granddad’s factory took over…my grandparents changed, lock, stock and barrel, to Franco’s side. As did the majority of the Catalan Bourgeoisie who, until then, had been pro-Catalan Autonomy[2]. It seems understandable to me, considering the circumstances, and this discourse given by their nationalist grandchildren presenting the “Catalan People” as a unified block which was oppressed by Franco, wanting to make us believe that the Catalan Bourgeoisie was anti-Franco really annoys me. Anyway. My maternal grandparents are also very representative, in this case, of “the other Catalans,” as defined by Candel[3]. They emigrated from Avila to Barcelona and my grandfather became an Anarchist. When I get to this part, I take the audience by surprise by telling them what my uncle used to say to the question: “how is it possible that your father, such an authoritarian, conservative and traditional man would become an Anarchist?”: “He became an Anarchist to be able to shag for free”. Claudia Marques-Martin, from the Spanish department and who, together with Catherine O’Leary, has been my personal guide, helped me with the translation. It seems that the slang used nowadays in English for the Spanish word is shag, I didn’t know that. By the way, I wasn’t sure of whether the younger part of the audience understood why it would be necessary to become an Anarchist in order to shag for free so I clarified that, at that time, a man, in order to have sex, had to either get married or pay for a prostitute, unless he could spend a lot of time with those emancipated Anarchist women. Ah, my grandad, what a character… All this introduction to explain how we got to Francoism and what those little figurines of souls in Purgatory meant: my grandparents and my parents had escaped the hell that was the Spanish Civil War, but had not reached the paradise of their respective political ideals.

Then I go on to explain how my brother, my mum, and I got bored all bloody Sunday sitting on a blanket at the airfield whilst my dad had a great time flying, and the perspective this situation provided me with regarding the now called gender role models. I could see that what was awaiting for me as a woman in that Spanish society under Franco was infinite boredom and I could see that the solution my mother had found, reading, was the only door I could open towards a more interesting world, even if was only in fiction. But I didn’t want to just passively absorb literature. I wanted do something more active, which would give me freedom, a professional life, prestige, public authority…to write, of course. In order to do that I needed models (in English the term is more precise: role-models), which could show me what being a writer was about. The most famous writer back then was Cela, whom my father always showed me as an example. Could a writer who was also using the C word to provoke a reaction and talked about whores and brothels (which obviously undermines women: ridicules our aspirations to be equals, to be interlocutors, to be men’s colleagues, and puts us “in our place”…), be considered a positive example for a girl?

I needed examples as a female writer, not as a male writer. And in that category there was Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute… except that all of them, after a striking debut, had disappeared from earth (only much later did I realise that that was quite a common biographical trajectory for women), they had become Catholics, alcoholics, mothers of big families…

Thank goodness, thanks to my mother’s books, which I shared with her, I learned about the existence of the French female writers: Colette, Duras, Sarraute… and, above all, Beauvoir, of whom my mum was a fanatic reader; she knew them all by heart, especially the memoires… Female writers with a readership, with a long and continuous trajectory, with prestige (even though they were not admitted to the Académie). And on top of that they had fun, travelled, had lovers, toured around France by bike, participated in controversial debates… Now I really knew who to follow, who to take as an example, as an ideal model.

This is what I talked about. I never know, in these cases, the waters that I’m wading in, what my public knows or doesn’t know about the war, for example), but I think that they followed me well, that they were interested and that they enjoyed it. The debate was lively, although I realised a long time ago that when I’m giving talks or debates I am so tense, even if I try not to show it, so self-conscious about doing it well, and especially when I speak in English, that I never remember anything afterwards.

After the talk, I went to eat with Catherine, Claudia and Will (the Head of the School of Modern Languages, who is English but has a Catalan mother) to a lovely place, with very peculiar architecture (the toilet cubicles are like stables, I think that this is what they were before it became a restaurant), where you can eat a wonderful meal and which is also, like everything, two minutes away from my house. I came back home with the satisfaction of a job well done. And so, to bed.*

* In English in the original.

[1] Translator’s note: The author refers to the Regionalist League of Catalonia, a right-wing political party of Catalonia which had a conservative, pro-Catalan Autonomy, neither for or against a Monarchy, with the motto: “Monarchy? Republic? Catalonia!”

[2] T/N: The equivalent of Devolution.

[3] T/N: reference to Paco Candel, Spanish writer who published  Els altres catalans (1964)  defending the need to create a cohesion between the locals and those who had emigrated to Catalonia.

Lunes 2 de abril/Monday 2nd April

Llegada a Saint Andrews

Primer día en Saint Andrews. En realidad llegamos ayer, Alain y yo, tras un maravilloso viaje por Escocia que empezó el lunes pasado: Edimburgo, Glasgow, Loch Lomond, Glencoe, Oban, Ayr, New Lanark, y de nuevo Glasgow, donde visitamos la exposición sobre Charles Mackintosh y Margaret McDonald, y luego, con el coche, nos dirigimos al Este, nos paramos a comer en un pueblecito precioso, Culross, y llegamos aquí a las tres. Una tarde fría y soleada, en la que apareció Saint Andrews como una estampa en sepia. Gritos de gaviotas, ácidos, rítmicos. Calles simples, hoscas, empedradas, de casas bajas de piedra, pegadas entre sí, con ventanas de guillotina enmarcadas de blanco, con torreones, con gabletes. La piedra es esa piedra escocesa tan sombría, de un gris que tira al amarillo o se vuelve negruzco, como en Edimburgo, aunque hay algunas casitas pintadas de blanco, con puertas y ventanas enmarcadas de negro, como en Inveraray. Y las tres calles del pueblo, porque son tres (por más que en conjunto esto sea una ciudad, el centro da la impresión de un pueblo): North Street, South Street y en medio, Market Street (con algunas callecitas que las cruzan, de nombres igualmente elementales: College Street, Church Street…), desembocan en la playa (se ve una franja de mar a lo lejos, el mar que llevamos viendo desde que llegamos pero que ayer, oh milagro, parecía casi azul), precedida por un prado y unas imponentes ruinas, muy teatrales, de lo que fue una catedral gótica que destruyeron en el siglo XVI los seguidores de John Knox, el héroe de la Reforma protestante escocesa. (En Edimburgo visitamos su casa, que parecía una madriguera, con cuartitos muy pequeños, suelos de madera, vigas de madera, ventanucos. Me compré un libro sobre él, es una personalidad que me intriga.) Dejaron una torre alta y delgada, altiva, unos arcos góticos, unas lápidas diseminadas por entre la hierba… una ruina hermosa, escenográfica. En el horizonte, montañas azules, nevadas. Y el graznido de las gaviotas, nostálgico, repetido, obsesivo.

De Saint Andrews, la Universidad, me han dicho que es muy posh, que aquí estudió el príncipe Guillermo, que es el equivalente escocés de Oxford o Cambridge, que es un sitio muy caro… No lo dudo, pero curiosamente, mantiene un aspecto muy austero, protestante. Una riqueza discreta, unassuming, que se diría en inglés.

Nos esperaba Catherine O’Leary, la profesora que me ha invitado, para saludarnos y darnos la llave del piso que me han reservado. (A mí, estas profesoras -y algún profesor- que aparecen de vez en cuando, cada dos o tres años, en la bandeja de entrada de mi mail, para invitarme aquí o allá: Virginia, Dartmouth, Limerick, Syracuse, Urbana… se me antojan hadas madrinas. Las veo surgir de pronto, en medio de mi salón de Chueca, envueltas en estrellas centelleantes, con una varita mágica en la mano.) El piso es estupendo: está en pleno centro, en South Street, en un edificio moderno (pero oculto en un patio, para no estropear el aspecto intemporal del pueblo), un tercer piso curiosamente sin ascensor (¿austeridad protestante?), al que se accede por una escalera oscura, enmoquetada, y que consiste en un pequeño dúplex, con una cocina amplia y luminosa, un espacioso salón enmoquetado, dos domitorios enmoquetados, un aseo enmoquetado y un baño enmoquetado, sin olvidar el pasillo enmoquetado y la escalera interior enmoquetada. Queda claro que en este país les gusta la moqueta. Y la vista… ¡la vista!… Una extensión de tejados; a lo lejos, a la izquierda, una torre gótica, y a la derecha una franja de mar… Por la noche fuimos a cenar a casa de Catherine y Gustavo, su marido, que es uruguayo. Nos hicieron cordero a la salsa de menta, que resulta ser mi plato británico favorito.

Ayer la sensación fue de cuento de hadas.  Hoy ya parecía todo un poco más real: terminaron las vacaciones, Alain se ha vuelto a Madrid esta mañana, llueve, hace frío, y me he tenido que ocupar de cosas prosaicas: firmar papeles, recoger la tarjeta de identidad que  me permitirá entrar en las bibliotecas, hacer la compra… (Lo primero: tomates y aceite de oliva. Naranjas no, porque no hay exprimidor en casa, claro.

Hay dos cosas que echo de menos siempre que salgo de España hacia el norte: el zumo de naranja y la animación en las calles.) También he repasado la conferencia que voy a dar mañana (How I became a writer, thanks to my mother, Franco and Simone de Beauvoir), que va a ser como mi presentación en sociedad aquí, y finalmente, a las siete, he cenado viendo las noticias en Channel Four. Hablaban de Winnie Mandela, que acaba de morir, con una extensión y profundidad que seguro que no le han dado en los medios españoles. Es una de las cosas que me gusta de viajar: poder olvidarse por un rato de esas noticias a las que estamos amorrados: las andanzas de Puigdemont, el máster fantasma de Cifuentes…, y abrir los ojos y los oídos a otras voces, otros ámbitos.

And so, to bed, como diría Samuel Pepys.

 

Arriving in St Andrews

First day in Saint Andrews. Well, we actually arrived yesterday, Alain and I, after a wonderful trip around Scotland which started last Monday: Edinburgh, Glasgow, Loch Lomond, Glencoe, Oban, Ayr, New Lanark, and Glasgow again, where we visited the exhibition about Charles Mackintosh and Margaret McDonald. Then, with the car, we drove East, stopped at a gorgeous village, Culross, and arrived here at three. A cold and sunny afternoon, where Saint Andrews popped up like in a postcard in sepia. Seagulls crying, bitter, rhythmical. Simple streets, gloomy, cobble; small stone built houses, attached to one another, with guillotine windows framed in white, with turrets, with gables. The stone is that sombre Scottish stone, verging on yellowy grey or becoming blackish, like in Edinburgh, although there are some white houses, with doors and windows framed in black like in Inveraray. And the three streets in the village, because there are basically only three (as much as it is a city in its entirety, the centre feels like a village): North Street, South Street and, in the middle, Market Street (with some little streets crossing through, with equally basic names: College Street, Church Street, and which open onto the beach (you can see a sea strip in the distance, the sea which we have been seeing since our arrival but that yesterday, what a miracle, looked almost blue). The beach is behind a field and some impressive, almost dramatic ruins, of what used to be a gothic cathedral which was destroyed in the 16th century by the followers of the hero of the Scottish Protestant reform John Knox. (We visited his house in Edinburgh, it looked like a den, with tiny little rooms, wooden floors, wooden beams, tiny windows. I bought a book about him, he’s a character who intrigues me). They left a tall thin tower, fiery, some gothic arches, some gravestones scattered across the grass… a beautiful ruin, like a film set. On the horizon, blue mountains, covered in snow. And the nostalgic cawing of the seagulls, again and again, like an obsession.

About Saint Andrews, the university,  I’ve been told it’s very posh[1], that Prince William studied here, that it’s the Scottish  equivalent of Oxford or Cambridge, that it’s an expensive place… I don’t doubt it but, funnily, it has kept an austere protestant look. A discreet wealth, unassuming*, as they would say in English.

Catherine O’Leary, the (female) professor who invited me here, was waiting for us so she could say hello and gave us the keys for the flat that was booked for me. (Those female professors, and sometimes male ones, who appear from time to time, every two or three years, in my inbox, in order to invite me here or there: Virginia, Dartmouth, Limerik, Syracuse, Urbana… feel like fairy godmothers. I see them showing up, suddenly, in the middle of my living room in Chueca, surrounded by flickering stars, with a magic wand in their hand). The flat is fantastic: right in the centre, in South Street, in a modern building (but hidden in a courtyard so it doesn’t spoil the timeless feeling of the village), on the third floor, funnily enough without a lift (protestant austerity?), to which you access through a dark carpeted staircase. The flat is a duplex, with a big bright kitchen, a big carpeted living room, two carpeted bedrooms, a carpeted toilet and a carpeted bathroom. Let’s not forget the carpeted corridor and the carpeted indoors staircase. It is clear that this country loves carpets. And the view… what a view! A blanket of roofs; in the distance, faraway, on the left, a Gothic tower, and on the right, a stripe of sea… At night we had dinner at Catherine and Gustavo’s (her husband, who is from Uruguay) house. They prepared lamb in mint sauce, which happens to be my favourite British dish.

Yesterday the feeling was that of a fairy tale. Today everything feels a bit more real: the holidays ended, Alain has got back to Madrid this morning, it’s raining, it’s cold, and I had to take care of prosaic matters: paperwork, collecting the ID card which will allow me to access the libraries, food shopping… (First of all: tomatoes and olive oil. I won’t buy oranges since there is no juicer at home, of course. There are two things I miss every time I leave Spain and head North: orange juice and lively streets.) I have also checked the talk I am giving tomorrow (How I became a writer, thanks to Franco, my mother and Simone de Beauvoir*). Finally, at seven, I had dinner whilst watching the news on Channel Four. They were talking about Winnie Mandela, who just died, with a detail and depth which I am sure was not given by the Spanish press. This is something I like about travelling: being able to forget for a while about that news which we are so hooked on: Puigdemont’s adventures, Cifuentes’s fake Masters…, and opening your eyes and your ears to Other voices, other rooms.

And so, to bed*, as Samuel Pepys would say.

 

 

*In English in the original