Lunes 23 de abril/ Monday 23rd of April

Echaré de menos…

El sábado fui a la isla de May. Día espléndido: soleado, cálido, azul. Travesía desde Crail en un barquito, con otros turistas. Cuando nos acercábamos, vimos de lejos, desde el barco, un montón de rocas grises… qué raro, rocas que se mueven… con un movimiento deslizante, sinuoso, rapidísimo: eran focas. Luego, tres horas paseando por el islote. Ruinas de un monasterio medieval, un faro abandonado, un gran caserón siniestro, muy Hopper, y nada más. Hierba, cruzada por veloces conejos. Una playa de guijarros. Y grandes acantilados negros, llenos de pájaros blancos. Todo el rato, mientras paseaba, oía el grito en coro, ácido, rítmico, insistente, obsesivo, de las gaviotas… Era mi último día en Escocia. El domingo temprano, vendría a buscarme un taxi para llevarme al aeropuerto de Edimburgo.

Echaré de menos levantarme a las siete, en mi apartamento de South Street, y mirar por la ventana. Algunos días solo veo gris oscuro, nubes, lluvia furiosa sobre los tejados. Otras veces el cielo está grisáceo, algodonoso (me salen las palabras en inglés: blurred, hazy). Y hay maravillosos días de sol: en el cielo azul se recorta, gallarda, la torre gótica de Saint Salvator’s, a la izquierda, en frente a lo lejos veo un edificio neoclásico, sobre un promontorio, y a la derecha se extiende una franja de mar casi azul… Echaré de menos el paseo hasta el East Sands Leisure Center, la media hora de natación en su piscina, y la hora entera que paso luego, perezosamente, en Costa Coffee, de Market Street, tomando un capuccino y leyendo The Guardian.

Echaré de menos la biblioteca. El precioso poema de Douglas Dunn reproducido en el cristal de la entrada, que narra un recuerdo de juventud (If I only knew then / What I still don’t know). Las horas pasadas sin sentir, leyendo, escribiendo, con esa compañía anónima que tanta compañía me hace en las bibliotecas o en las ciudades. El grato runrún de fondo de los estudiantes. La sensación, tan valiosa y tan rara para mí, de no tener prisa, de tener horas enteras por delante para escribir, de tener tiempo.

Echaré de menos la oferta cultural, el saber que hay tantas cosas interesantes y que puedo ir a todas, tranquilamente, a pie: una película iraní, un coloquio sobre mayo del 68, un evensong en Saint Salvator’s, una conferencia sobre How not to make children o sobre los acontecimientos de Charlottesville o sobre las consecuencias que ha tenido para la historia de Rusia el hecho de que en su religión (la ortodoxa) no exista el Purgatorio…

Echaré de menos charlar, comer, cenar (en el maravilloso Forgan’s), pasear (por Saint Andrews, por Crail, por Anstruther, por Cellardyke…), con personas con las que inmediatamente estoy a gusto, porque tenemos los mismos intereses, las mismas referencias (eso que en inglés se dice con una palabra utilísima y difícil de traducir: background), la misma longitud de onda: Catherine O’Leary, Gustavo San Román, Will Fowler, Margaret Ann Hutton, Claudia Marqués-Martin, Montserrat Lunati, Jordi Larios, Eleni Kefala, Élise Huguény, Susan Sellars, Peter Baker… Echaré de menos hablar u oír hablar de la historia de México, de las escritoras españolas del bando franquista, de Uruguay, de la partición de Chipre, del aborto en Irlanda, de la complicidad y rivalidad entre Virginia Woolf y Vanessa Bell, de la influencia de Ortega sobre varias generaciones intelectuales españolas, de cómo funciona la censura en Irán, de las comunidades indígenas de Bolivia…

Echaré de menos ir a sentarme, como una alumna más, en una clase en la que la profesora explica a su alumnado un libro mío. Hasta pone un power point con citas, preguntas, temas de debate… ¡Cuánto aprendo!… Todo lo que dice me suena, pero no estoy segura de haber leído ese libro, que parece interesante sobre todo por lo que ella es capaz de sacar de él… Luego, las alumnas y alumno (en singular: solo había un chico) me hacen preguntas, que a veces, al igual que la interpretación de la profesora, me sorprenden, porque son distintas de las -mucho más previsibles- que me suelen hacer periodistas o críticas/os literarias/os.

Echaré de menos los encuentros las conversaciones con alumnas que vienen a verme para hablar de la tesis que están preparando o de sus proyectos de futuro. O simplemente una charla desordenada tomando café y viendo a través de los ventanales los míticos campos de golf de Saint Andrews, con lluvia y gaviotas.

Echaré de menos esa última tarde, un viernes, en la que celebramos un Sant Jordi casero, familiar y exótico, un Sant Jordi catalano-escocés que consistió en poner unos cuantos libros, para intercambiar o comprar, encima de un par de mesas, en el Byre Café, con banderas catalanas y rosas. Fue muy alegre, aunque yo estaba un poco triste porque ese pequeño mundo en el que había vivido tan intensa y agradablemente durante unas semanas estaba a punto de evaporarse para mí.

El domingo temprano, mientras recorría por última vez, en taxi, South Street desierta, oía las gaviotas. Los humanos duermen, bajan la guardia; ellas no, nunca. Graznan en coro, sobrevolando las calles vacías. Se sientan en los tejados, miran alrededor con aire impaciente e imperioso. Callan un momento; luego vuelven a lanzar su gritito ácido, sarcástico, unánime. Se arrojan temerarias desde el tejado; bajan como una flecha, de pronto suben, batiendo las alas. Planean en círculo, majestuosas; se dirigen, veloces, al mar; vuelven, ceñudas, ocupadísimas; se aposentan otra vez en el tejado, vigilantes… Nosotros pasamos, ellas quedan: Saint Andrews es suyo.

I Will Miss…

On Saturday I visited the Isle of May. Gorgeous day: sunny, warm, blue. A journey from Crail on a little boat with other visitors. As we were approaching the island, we could see, from afar, from the boat, a pile of grey rocks… how strange, moving rocks…rocks with a sliding, sinuous, extremely fast movement: they were seals. Then, three hours walking around the island. The ruins of a medieval monastery, an abandoned lighthouse, a sinister, big manor, very Hopper like, and that’s it. Rabbits crossing through the grass. A beach made of rough pebbles. And big black cliffs, full of white birds. For the whole time, as I was walking, I could hear the acid, rhythmic, persistent, obsessive collective cry of the seagulls… It was my last day in Scotland. Early morning on Sunday, a taxi would pick me up to take me to Edinburgh airport.

I will miss getting up at seven, in my apartment on South Street, and looking through the window. Some days I can only see dark, grey clouds, a furious downpour falling on the roofs. Other times the sky is greyish, cotton like (I can only think of the English words blurred, hazy*). And there are wonderful sunny days: on the blue sky, on the left-hand side, the Gothic tower of Saint Salvator’s is drawn, gallant, in front in the distance, I can see a Neoclassical building on top of a hill, and on the right-hand side a fringe of almost blue sea extends across the horizon… I will miss my walk to the East Sands Leisure Centre, the half an hour swim in its swimming pool, the whole hour that I then spend, lazily, at Costa Coffee in Market Street, having a Cappuccino and reading the Guardian.

I will miss the library. The beautiful poem by Douglas Dunn engraved on the glass at the entrance narrating a youthful memory (If I only knew then / What I still don’t know)*. The many hours that passed by without my realising, just reading, writing, with this anonymous company which keeps me such good company in libraries or cities. The pleasant background murmur of the students. The feeling, so valuable and rare to me, of not being in a hurry, of having many hours ahead to write, of having time.

I will miss the cultural offer; I will miss knowing that there are so many interesting events and that I can attend all of them, with no problem, on foot: an Iranian film, a talk on May 68, an evensong* in Saint Salvator’s, a conference on How not to make children* or on the Charlottesville events or on the consequences on Russia’s history of the lack of Purgatory in its (Orthodox) religion…

I will miss chatting, eating, having dinner (at the wonderful Forgan’s), walking (around St Andrews, around Crail, around Anstruther, around Cellardyke…), with people with whom I feel immediately comfortable, because we have the same interests, the same references (that which English has a very useful word for and it’s difficult to translate: background*), people who are on the same page as me: Catherine O’Leary, Gustavo San Román, Will Fowler, Margaret Ann Hutton, Claudia Marqués-Martin, Montserrat Lunati, Jordi Larios, Eleni Kefala, Élise Huguény, Susan Sellars, Peter Baker… I will miss talking or listening talking about Mexican history, about Francoist Spanish writers, about Uruguay, about Cyprus’ partition, about abortion in Ireland, about the complicity and rivalry between Virginia Woolf and Vanessa Bell, about Ortega’s influence on several generations of Spanish intellectuals, about how censorship works in Iran, about indigenous communities in Bolivia…

I will miss sitting, like another student, in a class where the lecturer teaches one of my books. She even put a PowerPoint with quotes, themes, discussion topics… How much I learn! Everything she says sounds familiar, but I am not sure to have read that book, a book which seems interesting mainly for what she is capable of getting out of it…Then, the female students in plural and male student (singular, there was only one guy), ask me questions which, sometimes, in the same way as with the lecturer’s interpretation, surprise me, because they are different from the -much more predictable- ones that are normally asked by journalists or literary critics.

I will miss meeting and chatting with students who came to see me to talk about the PhD they are writing on or about their future plans. Or simply an improvised chat having a coffee and watching the mythical golf course of St Andrews through the window, with rain and seagulls.

I will miss that last evening, a Friday, when we celebrated a homemade St Jordi, familiar and yet exotic, a Catalan-Scottish St Jordi that consisted of having a few books on display, to exchange or buy, on top of a few tables, with Catalan flags and roses. It was very cheerful, despite me being a bit sad because that small world where I had lived so intensely and comfortably during those weeks was about to vanish for me.

Early on Sunday, whilst I was passing through on the taxi a completely empty South Street for the last time, I could hear the seagulls. The humans are sleeping, putting down their guard; them, never. They squawk in chorus, flying over empty streets. They sit on the roofs, look around with an impatient and royal look. They stop crying for a moment; then they belt out their little cry again, harsh, sarcastic, in unison. They fearfully throw themselves down from the roofs, descending like an arrow, suddenly ascending, flapping their wings. Soaring in a circle, magnificently; they go, fast, towards the see; they come back, frowning, so very busy; they settle back again taking possession of the roof, guarding… We pass by, they stay: St Andrews is theirs.

* In English in the original.