Lunes 2 de abril/Monday 2nd April

Llegada a Saint Andrews

Primer día en Saint Andrews. En realidad llegamos ayer, Alain y yo, tras un maravilloso viaje por Escocia que empezó el lunes pasado: Edimburgo, Glasgow, Loch Lomond, Glencoe, Oban, Ayr, New Lanark, y de nuevo Glasgow, donde visitamos la exposición sobre Charles Mackintosh y Margaret McDonald, y luego, con el coche, nos dirigimos al Este, nos paramos a comer en un pueblecito precioso, Culross, y llegamos aquí a las tres. Una tarde fría y soleada, en la que apareció Saint Andrews como una estampa en sepia. Gritos de gaviotas, ácidos, rítmicos. Calles simples, hoscas, empedradas, de casas bajas de piedra, pegadas entre sí, con ventanas de guillotina enmarcadas de blanco, con torreones, con gabletes. La piedra es esa piedra escocesa tan sombría, de un gris que tira al amarillo o se vuelve negruzco, como en Edimburgo, aunque hay algunas casitas pintadas de blanco, con puertas y ventanas enmarcadas de negro, como en Inveraray. Y las tres calles del pueblo, porque son tres (por más que en conjunto esto sea una ciudad, el centro da la impresión de un pueblo): North Street, South Street y en medio, Market Street (con algunas callecitas que las cruzan, de nombres igualmente elementales: College Street, Church Street…), desembocan en la playa (se ve una franja de mar a lo lejos, el mar que llevamos viendo desde que llegamos pero que ayer, oh milagro, parecía casi azul), precedida por un prado y unas imponentes ruinas, muy teatrales, de lo que fue una catedral gótica que destruyeron en el siglo XVI los seguidores de John Knox, el héroe de la Reforma protestante escocesa. (En Edimburgo visitamos su casa, que parecía una madriguera, con cuartitos muy pequeños, suelos de madera, vigas de madera, ventanucos. Me compré un libro sobre él, es una personalidad que me intriga.) Dejaron una torre alta y delgada, altiva, unos arcos góticos, unas lápidas diseminadas por entre la hierba… una ruina hermosa, escenográfica. En el horizonte, montañas azules, nevadas. Y el graznido de las gaviotas, nostálgico, repetido, obsesivo.

De Saint Andrews, la Universidad, me han dicho que es muy posh, que aquí estudió el príncipe Guillermo, que es el equivalente escocés de Oxford o Cambridge, que es un sitio muy caro… No lo dudo, pero curiosamente, mantiene un aspecto muy austero, protestante. Una riqueza discreta, unassuming, que se diría en inglés.

Nos esperaba Catherine O’Leary, la profesora que me ha invitado, para saludarnos y darnos la llave del piso que me han reservado. (A mí, estas profesoras -y algún profesor- que aparecen de vez en cuando, cada dos o tres años, en la bandeja de entrada de mi mail, para invitarme aquí o allá: Virginia, Dartmouth, Limerick, Syracuse, Urbana… se me antojan hadas madrinas. Las veo surgir de pronto, en medio de mi salón de Chueca, envueltas en estrellas centelleantes, con una varita mágica en la mano.) El piso es estupendo: está en pleno centro, en South Street, en un edificio moderno (pero oculto en un patio, para no estropear el aspecto intemporal del pueblo), un tercer piso curiosamente sin ascensor (¿austeridad protestante?), al que se accede por una escalera oscura, enmoquetada, y que consiste en un pequeño dúplex, con una cocina amplia y luminosa, un espacioso salón enmoquetado, dos domitorios enmoquetados, un aseo enmoquetado y un baño enmoquetado, sin olvidar el pasillo enmoquetado y la escalera interior enmoquetada. Queda claro que en este país les gusta la moqueta. Y la vista… ¡la vista!… Una extensión de tejados; a lo lejos, a la izquierda, una torre gótica, y a la derecha una franja de mar… Por la noche fuimos a cenar a casa de Catherine y Gustavo, su marido, que es uruguayo. Nos hicieron cordero a la salsa de menta, que resulta ser mi plato británico favorito.

Ayer la sensación fue de cuento de hadas.  Hoy ya parecía todo un poco más real: terminaron las vacaciones, Alain se ha vuelto a Madrid esta mañana, llueve, hace frío, y me he tenido que ocupar de cosas prosaicas: firmar papeles, recoger la tarjeta de identidad que  me permitirá entrar en las bibliotecas, hacer la compra… (Lo primero: tomates y aceite de oliva. Naranjas no, porque no hay exprimidor en casa, claro.

Hay dos cosas que echo de menos siempre que salgo de España hacia el norte: el zumo de naranja y la animación en las calles.) También he repasado la conferencia que voy a dar mañana (How I became a writer, thanks to my mother, Franco and Simone de Beauvoir), que va a ser como mi presentación en sociedad aquí, y finalmente, a las siete, he cenado viendo las noticias en Channel Four. Hablaban de Winnie Mandela, que acaba de morir, con una extensión y profundidad que seguro que no le han dado en los medios españoles. Es una de las cosas que me gusta de viajar: poder olvidarse por un rato de esas noticias a las que estamos amorrados: las andanzas de Puigdemont, el máster fantasma de Cifuentes…, y abrir los ojos y los oídos a otras voces, otros ámbitos.

And so, to bed, como diría Samuel Pepys.

 

Arriving in St Andrews

First day in Saint Andrews. Well, we actually arrived yesterday, Alain and I, after a wonderful trip around Scotland which started last Monday: Edinburgh, Glasgow, Loch Lomond, Glencoe, Oban, Ayr, New Lanark, and Glasgow again, where we visited the exhibition about Charles Mackintosh and Margaret McDonald. Then, with the car, we drove East, stopped at a gorgeous village, Culross, and arrived here at three. A cold and sunny afternoon, where Saint Andrews popped up like in a postcard in sepia. Seagulls crying, bitter, rhythmical. Simple streets, gloomy, cobble; small stone built houses, attached to one another, with guillotine windows framed in white, with turrets, with gables. The stone is that sombre Scottish stone, verging on yellowy grey or becoming blackish, like in Edinburgh, although there are some white houses, with doors and windows framed in black like in Inveraray. And the three streets in the village, because there are basically only three (as much as it is a city in its entirety, the centre feels like a village): North Street, South Street and, in the middle, Market Street (with some little streets crossing through, with equally basic names: College Street, Church Street, and which open onto the beach (you can see a sea strip in the distance, the sea which we have been seeing since our arrival but that yesterday, what a miracle, looked almost blue). The beach is behind a field and some impressive, almost dramatic ruins, of what used to be a gothic cathedral which was destroyed in the 16th century by the followers of the hero of the Scottish Protestant reform John Knox. (We visited his house in Edinburgh, it looked like a den, with tiny little rooms, wooden floors, wooden beams, tiny windows. I bought a book about him, he’s a character who intrigues me). They left a tall thin tower, fiery, some gothic arches, some gravestones scattered across the grass… a beautiful ruin, like a film set. On the horizon, blue mountains, covered in snow. And the nostalgic cawing of the seagulls, again and again, like an obsession.

About Saint Andrews, the university,  I’ve been told it’s very posh[1], that Prince William studied here, that it’s the Scottish  equivalent of Oxford or Cambridge, that it’s an expensive place… I don’t doubt it but, funnily, it has kept an austere protestant look. A discreet wealth, unassuming*, as they would say in English.

Catherine O’Leary, the (female) professor who invited me here, was waiting for us so she could say hello and gave us the keys for the flat that was booked for me. (Those female professors, and sometimes male ones, who appear from time to time, every two or three years, in my inbox, in order to invite me here or there: Virginia, Dartmouth, Limerik, Syracuse, Urbana… feel like fairy godmothers. I see them showing up, suddenly, in the middle of my living room in Chueca, surrounded by flickering stars, with a magic wand in their hand). The flat is fantastic: right in the centre, in South Street, in a modern building (but hidden in a courtyard so it doesn’t spoil the timeless feeling of the village), on the third floor, funnily enough without a lift (protestant austerity?), to which you access through a dark carpeted staircase. The flat is a duplex, with a big bright kitchen, a big carpeted living room, two carpeted bedrooms, a carpeted toilet and a carpeted bathroom. Let’s not forget the carpeted corridor and the carpeted indoors staircase. It is clear that this country loves carpets. And the view… what a view! A blanket of roofs; in the distance, faraway, on the left, a Gothic tower, and on the right, a stripe of sea… At night we had dinner at Catherine and Gustavo’s (her husband, who is from Uruguay) house. They prepared lamb in mint sauce, which happens to be my favourite British dish.

Yesterday the feeling was that of a fairy tale. Today everything feels a bit more real: the holidays ended, Alain has got back to Madrid this morning, it’s raining, it’s cold, and I had to take care of prosaic matters: paperwork, collecting the ID card which will allow me to access the libraries, food shopping… (First of all: tomatoes and olive oil. I won’t buy oranges since there is no juicer at home, of course. There are two things I miss every time I leave Spain and head North: orange juice and lively streets.) I have also checked the talk I am giving tomorrow (How I became a writer, thanks to Franco, my mother and Simone de Beauvoir*). Finally, at seven, I had dinner whilst watching the news on Channel Four. They were talking about Winnie Mandela, who just died, with a detail and depth which I am sure was not given by the Spanish press. This is something I like about travelling: being able to forget for a while about that news which we are so hooked on: Puigdemont’s adventures, Cifuentes’s fake Masters…, and opening your eyes and your ears to Other voices, other rooms.

And so, to bed*, as Samuel Pepys would say.

 

 

*In English in the original